El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
En un nido junto al estanque nacieron cuatro patitos amarillos. Un quinto huevo, más grande que los demás, seguía cerrado.
Los cuatro pequeños correteaban detrás de mamá pata. Ella volvió al nido y apoyó el ala sobre el huevo. —Te esperaré —susurró.
Al día siguiente, la cáscara se abrió. Salió un polluelo gris, más alto y con patas enormes. Miró a mamá pata con unos ojos muy atentos.
En el agua, sus grandes patas fueron una ventaja. Nadó alrededor de mamá pata y salpicó de alegría. Ella sonrió: su pequeño sabía encontrar el camino.
En el corral, sus cuatro hermanos se burlaron de su cuello largo y de sus grandes patas. Él bajó la mirada. Aunque estaban juntos, se sintió muy solo.
Mamá pata lo cubrió con su ala. —Puedes nadar tan bien como cualquiera —le dijo. Él la quería, pero cada día le costaba más salir del nido.
Una mañana, el ave gris cruzó un hueco en la cerca. —Buscaré un lugar donde no tenga que esconderme —pensó. Siguió el río entre los campos.
El río lo llevó a un pantano de juncos altos. Allí nadie le preguntó por su cuello ni por sus patas. Por primera vez en días, pudo descansar.
Unas aves silvestres llegaron al amanecer. El joven les dejó espacio en la orilla y ellas lo dejaron quedarse. No eran amigos todavía, pero compartían el agua.
De pronto sonó un estruendo lejano. Las aves alzaron vuelo. El pequeño se agachó entre los juncos; el corazón le latía deprisa, pero vio un canal estrecho.
Remó en silencio por el canal y salió a una pequeña ensenada. Allí estaba a salvo, pero nadie lo esperaba. Se quedó quieto, escuchando el agua.
Aquella tarde pasaron tres cisnes blancos sobre la ensenada. El joven levantó la cabeza. Nunca había visto unas alas tan amplias ni un vuelo tan sereno.
Batió las alas para seguirlos. Apenas se elevó sobre el agua y cayó con un chapuzón. Los cisnes se alejaron; él miró sus alas y decidió cuidarlas hasta que crecieran.
Las tardes se hicieron cortas. El joven encontró un hueco protegido bajo las raíces de un sauce y reunió juncos secos. Tendría un sitio donde pasar las noches frías.
Llegó la primera helada. Con sus patas grandes, mantuvo abierto un círculo de agua junto al sauce. Aquellas patas que había escondido ahora lo ayudaban.
Una noche, el hielo cerró el último círculo de agua. La nieve tapó la entrada del refugio. El joven quedó inmóvil sobre la nieve, demasiado frío para seguir nadando.
Al amanecer, un granjero lo encontró. Lo envolvió con cuidado en su abrigo y lo llevó a casa. Junto al fuego, el ave bebió agua y volvió a mover las patas.
El hombre lo cuidó durante el resto del invierno. En primavera abrió la puerta para dejarlo partir. El joven desplegó sus alas, ya fuertes, y el aire lo sostuvo.
Llegó a un lago de jardín. Allí estaban los tres cisnes que había visto en otoño. Se acercó con algo de miedo y descubrió en el agua su reflejo: era un cisne joven y blanco.
Los tres cisnes le hicieron sitio. Nadó junto a ellos y abrió las alas al sol. Recordó a mamá pata, sus grandes patas y el largo viaje: había aprendido a seguir adelante siendo él mismo.