El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Antes de que saliera el sol, Ali Baba ya ataba la leña al burro. Le dolían las manos. Si vendía toda la carga, alcanzaría para harina, aceite y alimento para el animal. Si sobraba algo, compraría tejas.
En el mercado solo vendió dos haces. «Está húmeda», dijo un comprador. Ali partió una rama para mostrar el interior seco, pero el hombre se alejó. Contó las monedas: tendría que escoger entre aceite y harina.
Su hermano Cassim vendía sedas bajo un toldo fresco. «¿Tienes algún porte para mí?», preguntó Ali. «Hoy no», respondió Cassim, sin dejar de contar monedas. Ali apretó la cuerda del burro y siguió buscando clientes.
Morgiana repartió la última harina y escuchó cómo había ido el día. «Las panaderías necesitan leña seca», dijo. «Probemos con ellas». Ali miró el techo remendado. «Mañana iré más lejos. Allí quedan ramas buenas».
A la mañana siguiente, mientras recogía ramas, oyó cascos. Ocultó al burro entre los árboles y se agachó. Cuarenta ladrones cruzaron el sendero con sacos robados. Su capitán se detuvo ante una enorme roca.
El capitán extendió la mano hacia la roca. «¡Ábrete, Sésamo!». La piedra tembló y dejó paso a una cueva. «¡Dentro, con los sacos!», ordenó. Ali esperó escondido hasta que los ladrones salieron y se perdieron entre los montes.
Cuando quedó solo, Ali se acercó. «¡Ábrete, Sésamo!», dijo, casi sin voz. La roca obedeció. Entre cofres y telas encontró monedas suficientes para muchos inviernos. «Solo unas pocas», murmuró. Pensó en la harina y guardó un puñado.
Morgiana vio las monedas. «¿Quién las ganó, Ali?». Él bajó la mirada. Había visto marcas de mercaderes en los sacos. Cassim llegó y escuchó la historia. «¿Qué palabras dijiste?». «Ábrete, Sésamo. Pero ese dinero tiene dueños».
Cassim partió al amanecer con bolsas vacías. Frente a la roca enderezó la espalda y gritó: «¡Ábrete, Sésamo!». Al abrirse la cueva, sonrió. «Con esto compraré otra tienda». Entró sin mirar el camino por donde había llegado.
Con las bolsas llenas, Cassim quiso salir. «¡Ábrete, trigo!». La roca no se movió. «¡Ábrete, cebada!». Tampoco. Soltó una bolsa y golpeó la piedra. «¡No puede ser!». Cuanto más pensaba en las monedas, menos recordaba la palabra.
Al anochecer, Ali supo que Cassim no había vuelto. Corrió a la roca. «¡Ábrete, Sésamo!». Su hermano apareció temblando. «Deja las bolsas. Vámonos». Regresaron con las manos vacías, pero sus huellas quedaron marcadas en el polvo.
El capitán siguió aquellas huellas hasta el barrio. Esa noche llamó a casa de Ali, disfrazado de vendedor de aceite. Pidió alojamiento para él y sus grandes tinajas. Ali abrió el patio; no reconoció al hombre que había visto de lejos.
Morgiana buscó aceite para la lámpara. Al acercarse a una tinaja, oyó: «¿Ya es hora de salir?». Se quedó inmóvil. «Todavía no», respondió, imitando una voz grave. Dejó la lámpara y salió por la puerta trasera sin hacer ruido.
En la plaza encontró a cuatro oficiales de la guardia imperial, cada uno a caballo. «Hay ladrones escondidos en nuestro patio», les dijo. La patrulla la siguió por la calle estrecha. Los cascos resonaron sobre las piedras.
Los cuatro oficiales rodearon la entrada a caballo. «¡En nombre del emperador, salgan despacio!». Al ver la salida cerrada, el capitán bajó las manos. Los ladrones abandonaron las tinajas. Ali comprendió entonces a quién había invitado a dormir.
Ali entregó el puñado de monedas. «Yo también tomé algo», admitió. Después guio a los oficiales montados hasta la cueva. Los mercaderes recuperaron sus sacos. Ali volvió a casa sin oro y sin saber cómo pagaría la harina del día siguiente.
Al día siguiente, una panadera llamó a su puerta. Había recuperado su cargamento gracias a ellos. «Morgiana me habló de tu leña. ¿Puedes traerme una carga seca cada mañana?». «Sí», respondió Ali. Esta vez pudo decir cuánto costaba su trabajo.
Cassim apareció con un carro que ya no usaba en la tienda. Una rueda estaba rota. «Te lo prestaré hasta que puedas tener el tuyo». Ali aceptó, pero señaló el eje. «Entonces ayúdame a arreglarlo». Trabajaron juntos hasta la tarde.
Morgiana anotaba los encargos y las entregas. Ali llevaba leña a dos hornos y regresaba con sacos vacíos y monedas ganadas. Apartaron dinero para el burro, harina y aceite. Por primera vez en semanas, quedó algo para las tejas.
Llegaron las lluvias. Ali escuchó las gotas sobre las tejas nuevas mientras Morgiana servía pan caliente. Por la mañana habría que cargar el carro otra vez. Pero esa noche el techo estaba seco, el burro tenía alimento y nadie se acostó con hambre.