El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
En lo alto de una colina verde, Pedrito cuidaba las ovejas de todo el pueblo. Cada mañana las llevaba a pastar, y cada tarde las traía de vuelta.
Antes de que subiera, el labrador siempre le recordaba: —Allá arriba, en los pinos, vive el lobo. Si lo ves, grita fuerte, y subiremos todos a ayudarte.
Arriba, Pedrito contaba sus ovejas: diez ovejas grandes y un corderito, el más pequeño, que lo seguía a todas partes. Las contaba otra vez, y otra vez eran las mismas.
Abajo, en el pueblo, todos estaban ocupados: el labrador en su campo, la panadera en su horno. Arriba, Pedrito estaba solo, y no pasaba nada.
Entonces se acordó de las palabras del labrador. «Si grito que viene el lobo, todos subirán corriendo», pensó, y sonrió. «¡Eso sí que sería divertido!»
Subió a una roca grande, se llevó las manos a la boca y gritó con todas sus fuerzas: —¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!
En el pueblo, el labrador soltó su rastrillo y la panadera dejó su masa. Subieron la colina tan rápido como pudieron, sin aliento.
Pero no había ningún lobo, solo Pedrito riéndose en el pasto. —Eso no se hace —dijo el labrador—. Subimos porque te creímos. Y bajaron cansados y enojados.
Al día siguiente, la panadera pasó por el camino y no lo saludó. Pedrito se encogió de hombros. —Solo era un juego —dijo, y volvió a aburrirse.
Unos días después, Pedrito volvió a gritar: —¡El lobo! ¡El lobo! Esta vez los vecinos tardaron en salir, y subieron despacio, con el ceño fruncido.
Arriba solo encontraron ovejas tranquilas y a un niño que se reía. —Si vuelves a mentir —dijo la panadera—, nadie va a subir. Y bajaron sin mirar atrás.
Una tarde, mientras el sol se ponía, algo se movió entre los pinos. Era un lobo gris, de verdad, que miraba el prado con sus ojos amarillos.
—¡Socorro! ¡El lobo! ¡Esta vez es verdad! —gritó Pedrito con todas sus fuerzas. Su voz bajó rodando por la colina hasta el pueblo.
En el pueblo lo oyeron, pero nadie levantó la vista. —Otra de sus bromas —dijo el labrador, y la panadera siguió amasando.
Pedrito estaba solo. El lobo saltó al prado, y las ovejas huyeron asustadas hacia el bosque.
Cuando por fin el lobo se fue, todo quedó en silencio. Pedrito contó las ovejas una y otra vez, pero el corderito más pequeño ya no estaba.
Pedrito bajó llorando al pueblo. Esta vez el labrador vio su cara y le creyó, y salió con su farol a ayudarlo.
La panadera vino también, y buscaron toda la noche. Juntaron a las ovejas asustadas, pero el corderito no apareció.
Al amanecer, Pedrito dijo la verdad, aunque le costaba: —No vinieron por mi culpa. Nunca más voy a mentir, ni siquiera en broma.
Y cumplió su palabra, día tras día. Poco a poco, los vecinos volvieron a confiar en él, y la panadera volvió a subir la colina, esta vez con pan tibio.
Pedrito se divierte gritando que viene el lobo. Una fábula sobre la verdad, la confianza y lo difícil que es recuperarla.