El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Antes del alba, Idris remendaba su red junto a la puerta. Llevaba toda la vida pescando, pero los últimos días había vuelto con la cesta vacía. Pasó los dedos por un agujero: perder un pez por allí sería perder la cena.
Su hija envolvió un pedazo de pan para el camino. «Si traes dos peces, guardaré uno para mañana», dijo. Idris anudó el último hilo. «Primero habrá que encontrarlos». Se echó la red al hombro y salió hacia la playa.
No tenía fuerzas para lanzar la red sin descanso. Cada mañana hacía cuatro intentos y volvía antes del calor. El primero sacó un trozo de madera. Idris lo apartó, limpió las cuerdas y observó hacia dónde corría el agua.
En el segundo intento recogió algas. En el tercero, barro y conchas rotas. Se sentó un momento sobre una roca. El pan seguía envuelto: prefería compartirlo al regresar. Todavía le quedaba un lanzamiento. Buscó una poza entre las piedras.
La cuarta vez, la red se hundió de golpe. Idris apoyó los pies y tiró con ambas manos. Algo pesado rozaba el fondo. «Despacio, no te rompas», murmuró a las cuerdas. Finalmente, una pequeña vasija rodó sobre la arena mojada.
Era de latón, redonda, con franjas turquesas y un tapón de plomo. Idris la sacudió: no oyó monedas. «Quizá pueda venderla», pensó. Apoyó la vasija en una piedra y levantó el tapón para mirar dentro.
Un hilo de humo escapó por el cuello. Idris retrocedió. El humo creció hasta tapar los acantilados y tomó forma de rostro, brazos y chaleco dorado. Un enorme genio flotaba sobre la playa. La vasija seguía a los pies del pescador.
«¡Libre!», rugió Marid. Después miró a Idris. «He pasado siglos encerrado. Juré castigar a quien me sacara». El pescador apretó el tapón en la mano. Había esperado encontrar comida; ahora ni siquiera sabía si podría volver a casa.
Idris miró el mar: no podía escapar nadando. Miró al genio: tampoco podía vencerlo por la fuerza. Entonces bajó los ojos hacia la vasija. Era tan pequeña que apenas le cabía una mano. Respiró despacio y levantó la cabeza.
«Antes de castigarme, aclárame algo», dijo. «¿Tú estabas dentro de esto?». Marid cruzó los brazos. «¡Entero!». Idris ladeó la vasija. «No lo creeré hasta verlo». El genio se irguió, herido en su orgullo. «Pues mira bien».
Marid se deshizo en remolinos turquesas. Primero desaparecieron sus brazos; después, el chaleco y el rostro. Idris no apartó la vista del cuello de la vasija. Cuando entró el último hilo de humo, encajó el tapón con las dos manos.
«¡Déjame salir!», gritó Marid desde dentro. Idris se sentó a recuperar el aliento. «Me has amenazado después de ayudarte. ¿Por qué habría de abrir?». Esta vez no oyó un trueno, sino una voz pequeña. «Porque no quiero volver al fondo del mar».
«Si te abro, ¿cumplirás tu palabra?», preguntó Idris. «Sí. No te haré daño y te mostraré dónde encontrar peces». El pescador escuchó con cuidado. Después retiró el tapón y se apartó. Esta vez, Marid salió sin gritos: tenía una promesa que cumplir.
Marid no alzó los brazos ni rugió. «Por aquí», dijo, señalando un sendero entre los acantilados. Idris recogió su red y la cesta. Caminó detrás, atento a cada paso. Una promesa todavía tenía que convertirse en un hecho.
Tras la última colina apareció un estanque transparente. Había peces blancos, rojos, azules y amarillos. Idris se arrodilló junto al agua. «Toma solo los que necesites», dijo Marid. El pescador extendió la red; por fin, las cuerdas se movieron con vida.
Sacó cuatro peces, uno de cada color, y dejó los demás en el estanque. «Esto sí puedo llevarlo al mercado», dijo. Al volver la cabeza, Marid ya se alejaba como una nube sobre las colinas. Idris guardó silencio y acomodó la cesta.
De regreso, Idris vendió una parte de los peces y guardó los demás para la cena. Compró harina, aceite e hilo para la red. Antes de seguir, descansó junto al mar. Al fin llevaba respuestas concretas a las preocupaciones con las que había salido de casa.
Mariam lo recibió en la puerta. «¿Y la pesca?». Idris le entregó las provisiones y empezó a contarle lo ocurrido. Ella abrió mucho los ojos al oír hablar de la vasija. «Primero comamos», dijo al fin. «Ese genio puede esperar dentro de tu historia».
Después de cenar, Idris tomó el hilo nuevo y reparó la red. Ya no tenía que elegir entre comprar comida o remendarla. Mariam escuchó el final de la aventura mientras él cerraba los agujeros. Afuera se oía el mismo mar; dentro, por fin, había tranquilidad.
A la mañana siguiente volvió a la costa con la red preparada. El mar no prometía una buena pesca, pero Idris tenía provisiones y podía trabajar con calma. Miró las olas antes de levantarse. La aventura había terminado; ahora tocaba cuidar lo que había conseguido.