El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Al borde del bosque vivía una niña que siempre llevaba una capa roja con capucha. Se la había cosido su abuelita, y por eso todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día, la abuelita se enfermó. Mamá horneó pan fresco, llenó un frasco de miel y lo acomodó todo en una cesta. —Esto la ayudará a sentirse mejor —dijo.
—Llévasela a la abuelita —le dijo—. Ve derechito por el camino y no te salgas. Caperucita lo prometió y salió muy contenta.
Al rato saludó al leñador, que partía troncos. —Buenos días, Caperucita —dijo él—. No te alejes del camino, que por aquí anda el lobo.
Más adelante, el bosque estaba lleno de flores de todos los colores. —Solo recogeré unas pocas para la abuelita —pensó, y se salió del camino.
Pero detrás de cada flor había otra más linda, y Caperucita se fue alejando más y más. Ya no se oía el hacha del leñador.
Entonces, de detrás de un árbol, salió un lobo. —Buenos días, niña. ¿Adónde vas con esa cesta? —A casa de mi abuelita, que está enferma —contestó ella.
—¿Y dónde vive tu abuelita? —Al final del camino, bajo los tres robles grandes. —Entonces llévale muchas flores —dijo el lobo—. ¡Mira cuántas hay!
Y mientras Caperucita juntaba flores, el lobo corrió por un atajo hasta la casa de la abuelita.
Toc, toc. —¿Quién es? —Soy Caperucita —dijo el lobo con voz finita. Pero la abuelita se asomó a la ventana… y vio unas orejas grises y peludas.
Sin hacer ruido, la abuelita se escondió en el armario. El lobo levantó el pestillo, entró… y no encontró a nadie.
—Esperaré aquí a la niña —pensó el lobo. Se puso el gorro de dormir de la abuelita, se metió en su cama y se tapó hasta la nariz.
Con los brazos llenos de flores, Caperucita se acordó de la abuelita y volvió al camino. Cuando llegó, la puerta estaba abierta y la casa, muy callada.
—¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes! —Son para oírte mejor. —¡Y qué ojos tan grandes tienes! —Son para verte mejor.
—Y qué dientes tan grandes… ¡Tú no eres mi abuelita! —gritó Caperucita. Y corrió hacia la puerta pidiendo ayuda.
El leñador, que cortaba leña junto a los tres robles, oyó los gritos y entró corriendo. El lobo, del susto, saltó por la ventana.
El leñador lo persiguió hasta lo más hondo del bosque. Y aquel lobo nunca, nunca más volvió.
Entonces, desde el armario, se oyó una vocecita: —¿Ya se fue el lobo? Caperucita corrió a abrirlo y abrazó fuerte a su abuelita.
Las dos se sentaron a comer pan con miel, y la abuelita se sintió mucho mejor. Las flores de Caperucita alegraban la mesa.
Desde aquel día, Caperucita nunca más se salió del camino. Y si quería flores para la abuelita, las recogía en la orillita.
Caperucita lleva una cesta a su abuela y se encuentra con un lobo muy astuto. Un clásico para aprender a seguir el camino.