El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
En primavera, el abuelo plantó una semilla de rábano junto a la casa. La abuela regó la tierra y la nieta quitó las hierbas. —Crece fuerte —le decían cada mañana.
El rábano creció y creció. Sus hojas superaron la cerca y la tierra formó una gran montaña alrededor de la raíz. Cuando llegó la cosecha, el abuelo dijo: —Hoy lo sacaremos.
El abuelo agarró las hojas y tiró: ¡uno, dos, tres! Tiró hacia delante y hacia atrás, pero el rábano no se movió. —Necesito ayuda —admitió.
La abuela abrazó la cintura del abuelo. Tiraron juntos: ¡uno, dos, tres! La tierra crujió un poquito, pero el rábano siguió en su sitio. Entonces llamaron a la nieta.
La nieta sujetó a la abuela. ¡Uno, dos, tres! Las hojas temblaron, pero nada más. La niña silbó y la perra corrió desde el granero para unirse a la fila.
La perra se colocó detrás de la niña. ¡Uno, dos, tres! El rábano se inclinó apenas. La gata, que miraba desde la cerca, saltó al suelo y se colocó detrás de la perra.
Ahora tiraron el abuelo, la abuela, la nieta, la perra y la gata. La raíz subió un dedo y volvió a hundirse. Una ratona asomó entre las piedras. —¿Puedo ayudar? —preguntó.
Nadie se rio. —Claro —respondió la nieta—. Escuchemos el mismo ritmo. —La ratona sujetó la cola de la gata. Todos respiraron y esperaron la cuenta del abuelo.
—¡Uno, dos, tres… ahora! —Tiraron a la vez. ¡Pum! El rábano salió de la tierra y todos rodaron sobre la hierba, riendo mientras las hojas enormes caían a su lado.
Esa noche prepararon una gran olla de sopa y se sentaron juntos a la mesa. El abuelo le dio a la ratona la cuchara más pequeña. —Tu ayuda no fue pequeña —dijo—. Era la que nos faltaba.