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3-5 años

El cuervo y la jarra

Un cuervo sediento encuentra una jarra con muy poca agua en el fondo. Una fábula sobre la paciencia y el ingenio, una piedra a la vez.

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Cuadernillo con 2 páginas por cara: imprime a doble cara con volteo por el borde corto, dobla la pila por la mitad y engrapa al centro.

Edad
3-5 años
Páginas
24
Minutos estimados
7

El cuento en texto

El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.

Era un verano muy seco, y los charcos se habían vuelto tierra agrietada. Un cuervo volaba sobre los campos dorados buscando una gota de agua.

Bajó al arroyo donde siempre bebía. Pero el arroyo también se había secado: solo quedaban piedras calientes y barro duro.

Siguió volando, más lejos que nunca. El sol quemaba y las alas le pesaban cada vez más. Si no encontraba agua pronto, ya no podría seguir.

Entonces, junto a un muro de piedra, vio una jarra de barro. Bajó con el corazón lleno de esperanza.

Se posó en el borde y asomó la cabeza. Allá abajo, en el fondo, algo brillaba. ¡Era agua!

Metió el pico y estiró el cuello todo lo que pudo. Pero el agua estaba tan al fondo que no llegaba a tocarla.

Entonces empujó la jarra con todas sus fuerzas para volcarla. La jarra era gruesa y pesada: se tambaleó un poco, pero no cayó.

Luego intentó abrirle un agujero a picotazos. ¡Toc, toc, toc! Le dolió el pico, y la jarra quedó igual.

Cansado, se fue a la sombra del olivo. Miró el suelo y vio muchas piedrecitas redondas. De pronto, se le ocurrió una idea.

Tomó una piedrecita con el pico y la dejó caer dentro de la jarra. ¡Plic! Al mirar, vio que el agua había subido… solo un poquito.

Si una piedra hacía subir el agua un poquito, muchas la harían subir mucho. Fue a buscar otra, y otra más. ¡Plic, plac, ploc!

Le dolían las alas y el sol quemaba. Se asomó: el agua seguía lejos. Pero había subido, y el cuervo no se rindió.

Pronto no quedaban piedras junto a la jarra. Tuvo que volar hasta el campo para buscar más, una por una.

El agua subía y subía, cada vez más cerca. Faltaba muy poco. El cuervo dejó caer una piedra más… ¡plic!

¡El agua llegó hasta la boca de la jarra! El cuervo metió el pico y bebió un largo trago, fresco y limpio.

Bebió hasta que ya no tuvo sed. Luego sacudió las plumas y abrió las alas. ¡Volvía a sentirse fuerte!

Antes del atardecer, trajo más piedras del campo y las dejó en un montoncito junto a la jarra, por si el agua volvía a bajar.

A la mañana siguiente, el calor se había bebido un poco del agua. Pero esta vez el cuervo no empujó ni picoteó: dejó caer dos piedras de su montoncito y bebió.

El día volvió a ser caluroso. Pero el cuervo ya no volaba de aquí para allá con el pico seco: descansaba en el olivo, cerca de su jarra.

Al atardecer, se posó en el muro y miró la jarra llena de piedras. Lo que la fuerza no pudo hacer, lo había hecho la paciencia, una piedra a la vez.

Un cuervo sediento encuentra una jarra con muy poca agua en el fondo. Una fábula sobre la paciencia y el ingenio, una piedra a la vez.

Sobre esta edición

Edición y guía de lectura: Pewitos. La edad y el tiempo son orientativos; revisa el cuento según quien lo vaya a leer.

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Licencia: Adaptación de Pewitos de una fábula antigua atribuida a Esopo.

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