El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Era verano y el sol calentaba el prado. Una cigarra cantaba y tocaba su guitarrita desde la mañana hasta la noche.
Por el sendero pasaba una hormiga cargando un grano de trigo hasta su casa, y luego otro, y otro más.
—¿Por qué trabajas tanto con este calor? —preguntó la cigarra—. Ven a cantar conmigo.
—Estoy guardando comida para el invierno —dijo la hormiga—. En el campo hay trigo de sobra. ¿Me ayudas?
—¿Invierno? ¡Falta muchísimo! —se rió la cigarra, y siguió cantando. La hormiga se encogió de hombros y volvió a su trabajo.
Grano a grano, la despensa de la hormiga se fue llenando, mientras la cigarra cantaba bajo las estrellas.
Los días se hicieron más cortos y las hojas se pusieron doradas. —¡Las hojas bailan conmigo! —cantaba la cigarra.
La hormiga pasó con el último grano. —Ya casi no queda trigo, cigarra. ¡Todavía estás a tiempo! —Una canción más y voy —respondió ella.
Una mañana, el prado amaneció blanco de escarcha. La cigarra tiritaba, y sus dedos estaban tan fríos que no podía tocar.
Corrió al campo de trigo, pero solo quedaban tallos secos. Empezaron a caer los primeros copos de nieve. —¿Y ahora qué voy a comer?
Esa noche buscó refugio bajo una hoja seca, pero el viento se la llevó volando. Por la mañana, la nieve cubría todo el prado.
Caminando entre la nieve, con hambre y con frío, la cigarra recordó las palabras de la hormiga: «¿Me ayudas?». ¡Cómo le habría gustado decir que sí!
Al anochecer vio una lucecita entre la nieve: era la puerta de la hormiga. «¿Me abrirá, después de no querer ayudarla?», pensó.
Respiró hondo, se acercó y llamó despacito: toc, toc.
La hormiga abrió la puerta. —Tengo hambre y frío —dijo la cigarra—. Tenías razón, hormiga.
—¿Y qué hiciste todo el verano? —preguntó la hormiga. —Cantar —susurró la cigarra, mirándose los pies. La hormiga sonrió: —Entonces pasa. Hay comida para las dos.
Junto al fuego, la hormiga compartió su trigo. La cigarra comió despacito y, poco a poco, dejó de temblar.
Así pasaron el invierno: la hormiga compartía su comida, y la cigarra, sus canciones. Afuera nevaba, pero adentro estaban calentitas.
Cuando volvió el verano, la cigarra se levantó temprano y cargó trigo junto a su amiga.
Y por las tardes, al terminar el trabajo, la cigarra cantaba en el prado, y ahora la hormiga se sentaba a escucharla.
Una cigarra canta todo el verano mientras una hormiga guarda comida para el invierno. Una fábula sobre trabajar y compartir.