El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Un burro había trabajado muchos años cargando sacos. Cuando comprendió que ya no podía seguir al mismo ritmo, tomó el camino de Bremen. —Allí cantaré y seré músico —se dijo.
Bajo un árbol, el burro encontró a un perro viejo que jadeaba de cansancio. Ya no podía seguir a los cazadores. —Ven conmigo a Bremen —le dijo el burro—. Tu ladrido tendrá un lugar en nuestra música. El perro se levantó y lo acompañó.
Más adelante vieron a una gata sentada junto al camino, con la mirada triste. Era mayor y ya no quería perseguir ratones. —Ven con nosotros —le ofrecieron—. Tu maullido también es música. La gata se puso en marcha a su lado.
Junto a una granja, un gallo cantaba tan fuerte que los tres se detuvieron. Temía perder su hogar al día siguiente. —Tu voz nos hace falta —dijo el burro—. Vayamos juntos a Bremen. El gallo bajó de la cerca y se unió a ellos.
Los cuatro avanzaron juntos. El burro rebuznaba, el perro ladraba, la gata maullaba y el gallo cantaba. Sus sonidos eran distintos, pero al escucharse aprendieron a entrar uno después de otro.
Al caer la noche todavía estaban lejos de Bremen. Desde un árbol, el gallo vio una luz entre el bosque. Se acercaron y descubrieron una casa donde tres ladrones celebraban alrededor de una mesa.
Los animales tenían hambre y necesitaban refugio. El burro ideó un plan: se plantó ante la ventana, el perro subió a su lomo, la gata al perro y el gallo quedó arriba. Alzaron hocicos y pico, listos para lanzar su coro.
A una señal, los cuatro cantaron con todas sus fuerzas: —¡I-a, guau, miau, quiquiriquí!—. Desde fuera empujaron la ventana y siguieron gritando. Los ladrones corrieron hacia la puerta trasera y huyeron al bosque.
Solo cuando los ladrones se alejaron entraron los músicos. Compartieron la cena y buscaron dónde dormir: el burro junto a la puerta, el perro detrás de ella, la gata cerca del fogón y el gallo sobre una viga.
Más tarde, los ladrones vieron que la casa estaba a oscuras. —Tal vez nos asustamos por nada —dijo su capitán. Decidió volver solo para mirar. Sus compañeros aguardaron entre los árboles.
El capitán entró de puntillas en la casa oscura. Cerca del fogón vio dos luces pequeñas, como lámparas encendidas. Se acercó para ver mejor, sin comprender que eran los ojos de la gata.
Asustado por aquellos ojos, el capitán retrocedió hacia la puerta. El perro despertó de un salto y le mordió la pierna por encima del pantalón. —¡Ay! —gritó el ladrón, que siguió huyendo.
Al escapar del perro, el capitán pasó junto al burro. El burro levantó las patas traseras y le dio una patada sobre el abrigo. El ladrón salió dando un salto hacia el patio.
Desde la viga, el gallo vio al capitán cruzar el patio. Bajó de un vuelo, le picoteó la espalda por encima del abrigo y lanzó un fuerte —¡Quiquiriquí!—. El ladrón echó a correr sin mirar atrás.
El capitán volvió con sus compañeros y les contó lo ocurrido. Los tres decidieron no regresar. Desde la puerta iluminada, los cuatro amigos los vieron perderse entre los árboles: juntos habían protegido su nuevo refugio.
A la mañana siguiente pensaron en Bremen, pero la casa les gustaba tanto que decidieron quedarse. Cada tarde ensayaban su música, y cada noche dormían bajo el mismo techo: cuatro voces y un solo hogar.