El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
La liebre corría por el prado y presumía de sus largas patas. Al ver pasar a la tortuga, se rio: —¡A ese paso, tardarás todo el día en llegar al arroyo!
La tortuga levantó la cabeza. —Camino despacio, pero siempre avanzo —respondió—. Si quieres, podemos hacer una carrera. La liebre soltó una carcajada y aceptó enseguida.
Acordaron salir desde una piedra redonda y llegar hasta el viejo roble de la colina. —¿Lista? —preguntó la liebre. —Lista —dijo la tortuga. Y las dos se pusieron en marcha.
La liebre salió como una flecha. Saltó entre las flores y pronto dejó atrás a la tortuga. La tortuga siguió el camino sin detenerse: un paso, otro paso y otro más.
Al mirar hacia atrás, la liebre apenas pudo distinguir el caparazón de su compañera. —Me sobra tiempo —pensó—. Descansaré un ratito bajo ese árbol antes de terminar.
La sombra era fresca y la hierba, muy blanda. La liebre cerró los ojos. Pronto se quedó dormida, mientras las hojas se movían suavemente sobre sus largas orejas.
La tortuga llegó hasta el árbol y vio a la liebre dormida. No hizo ruido ni se detuvo. Miró el roble de la colina y continuó avanzando por el sendero.
Paso a paso, la tortuga subió la colina. Ya podía ver las grandes raíces del roble. Estaba cansada, pero siguió adelante hasta tocar con una pata la línea de llegada.
Entonces la liebre despertó. Corrió tan deprisa como pudo, pero llegó tarde: la tortuga ya la esperaba junto al roble. La liebre bajó las orejas, sorprendida.
—Has ganado —reconoció la liebre—. Me confié demasiado. La tortuga sonrió: —Yo solo seguí caminando. Desde aquel día, la liebre aprendió que la constancia vale más que presumir.