El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Un león dormía a la sombra de una acacia. Cerca de allí, un pequeño ratón correteaba entre las hojas secas, tan distraído que no vio la gran melena que tenía delante.
El ratón subió por una pata y pasó sobre el lomo del león. El león abrió los ojos de golpe y lo atrapó suavemente bajo una de sus enormes patas.
—¡Perdóname! —suplicó el ratón—. No quería despertarte. Si me dejas ir, algún día podré ayudarte. El león lo miró con curiosidad: aquel ratón era diminuto.
—¿Tú ayudarme a mí? —rio el león. Pero el ratón parecía sincero y decidió soltarlo. —Anda, pequeño. Ten más cuidado. El ratón le dio las gracias y salió corriendo.
Días después, el león caminaba entre los árboles cuando pisó una red escondida. Las cuerdas se cerraron a su alrededor. Tiró de ellas, pero los nudos no cedieron.
El león llamó pidiendo ayuda. Su voz llegó hasta el ratón, que buscaba semillas junto a una piedra. —¡Conozco esa voz! —dijo, y corrió hacia los árboles.
Al encontrar al león, el ratón se acercó sin miedo. —No te muevas. Voy a ayudarte. Buscó una cuerda gruesa cerca del suelo y la sujetó con sus pequeñas patas.
El ratón empezó a roer. Mordió una vez, y otra, y otra más. Los hilos fueron rompiéndose hasta que una cuerda cedió. Después siguió con la que estaba al lado.
Al fin se abrió un hueco en la red. El león sacó una pata, luego la otra, y quedó libre. Sacudió la melena y miró a su pequeño amigo con asombro.
—Me salvaste —dijo el león—. No volveré a pensar que alguien es demasiado pequeño para ayudar. El ratón sonrió. Desde entonces fueron amigos: ningún gesto de bondad es demasiado pequeño.