El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
En un pueblo de inviernos largos, un zapatero anciano trabajaba con su esposa, también anciana, en un taller pequeño.
Él cortaba y cosía el cuero; ella llevaba las cuentas y reparaba cada puntada suelta. Juntos cuidaban el oficio que les daba de comer.
Pero llegaron semanas sin encargos. Los vecinos pasaban de largo y los estantes fueron quedando vacíos. La pareja vendió todo aquello de lo que podía prescindir, sin dejar de abrir el taller cada mañana.
Una tarde, la esposa contó las últimas monedas sobre la mesa. Alcanzaban apenas para cuero de un solo par. —Será nuestro mejor trabajo —dijo el zapatero—. Si alguien lo compra, podremos comenzar de nuevo.
El zapatero midió dos veces y cortó una sola. Sus manos aprovecharon cada rincón del cuero hasta dejar listas las piezas. Cuando la última luz se apagó en la ventana, aún faltaba coserlas.
—Mañana las coseré con la cabeza descansada —dijo. Cubrió las piezas con un paño, alineó la lezna y el martillo, y barrió las últimas virutas del banco.
Antes de subir a dormir, la esposa tomó su mano. —Pase lo que pase mañana, lo afrontaremos juntos. Apagaron la lámpara, cerraron la puerta y el taller quedó en silencio.
Al amanecer, el paño estaba doblado y sobre la mesa brillaba un par de zapatos terminado. Las puntadas eran tan pequeñas y firmes que el zapatero buscó una unión mal hecha y no encontró ninguna.
Ese mismo día, una clienta examinó los zapatos y pagó un buen precio por ellos. Con esas monedas, la pareja pudo comprar cuero para dos pares. Por primera vez en muchas semanas, regresaron a casa con paso ligero.
Esa noche dejaron dos pares cortados. A la mañana siguiente, los cuatro zapatos estaban listos. Volvió a ocurrir después, y cada venta llenó un poco los estantes, la despensa y el ánimo de la pareja.
—Quiero saber quién nos ayuda —dijo la esposa—. No para detenerlo, sino para darle las gracias. El zapatero asintió. Decidieron vigilar el taller una noche muy fría.
La noche elegida, dejaron piezas de cuero sobre el banco, apagaron la lámpara y se ocultaron detrás de la cortina. Afuera crujía la nieve. Adentro, solo se oía el reloj.
A medianoche se abrió la puerta apenas un palmo. Entraron dos duendes diminutos: uno de rizos cobrizos y túnica turquesa; el otro de rizos oscuros y túnica café. Descalzos, saltaron al banco y repartieron las herramientas.
El duende de la túnica turquesa cosía con puntos rápidos y parejos. El duende de la túnica café clavaba las suelas y pulía el cuero hasta hacerlo brillar. Trabajaban, reían bajito y se alcanzaban cada herramienta justo a tiempo.
Desde la cortina, la pareja vio sus túnicas remendadas y sus pies desnudos sobre la madera helada. El zapatero apretó la mano de su esposa. Aquellos pequeños artesanos les habían devuelto el porvenir sin pedir nada.
Cuando los duendes terminaron y se marcharon, la esposa susurró: —Ellos nos dieron un nuevo comienzo. Hagámosles abrigo. —Y zapatos dignos de zapateros —añadió él. Antes del amanecer ya habían elegido las telas turquesa y café.
Durante el día, ella cosió un conjunto turquesa y otro café, con botones pequeños y costuras resistentes. Él cortó suelas minúsculas y fabricó dos pares de zapatos. Cada medida recordaba a uno de sus benefactores.
Esa noche no dejaron cuero. Sobre el banco acomodaron los dos conjuntos y los dos pares diminutos. Luego apagaron la lámpara y volvieron a ocultarse, conteniendo la respiración.
Los duendes llegaron, miraron los regalos y se vistieron a toda prisa. El duende de turquesa alzó sus zapatos; el de café hizo girar su abrigo. —¡Ya somos elegantes zapateros! —cantaron, y bailaron sobre el banco hasta que el reloj dio la una.
Los duendes bailaron hasta la puerta y desaparecieron por la calle nevada. No regresaron. Pero los zapatos que habían fabricado atrajeron nuevos encargos, y la pareja volvió a llenar el taller con su propio trabajo.
Desde entonces, el zapatero y su esposa reservaron una parte de cada ganancia para quien necesitara ayuda. Cuando una niña llegó con los zapatos rotos, le ofrecieron un par resistente. El trabajo había cambiado su vida; la gratitud abrigaba ahora otra.