El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Había un emperador que pensaba más en sus trajes que en los asuntos del reino. Cambiaba de ropa varias veces al día y siempre preguntaba: —¿No es magnífico lo que llevo puesto?
Dos embaucadores llegaron al palacio fingiendo ser tejedores. —Fabricamos una tela maravillosa —dijeron—. Es invisible para cualquiera que sea necio o no merezca su cargo.
El emperador pagó oro y les dio un salón con dos telares. Los embaucadores movían lanzaderas vacías y pedían seda e hilo dorado, que guardaban en sus baúles.
El ministro fue a revisar el trabajo. No vio nada, pero temió perder su puesto. —¡Qué dibujo tan fino! —exclamó. Luego repitió ante el emperador todo lo que los falsos tejedores habían inventado.
El propio emperador visitó el telar. Tampoco vio la tela. Como no quería parecer necio, sonrió y dijo: —Es exactamente el traje que deseo para la gran procesión.
El día de la fiesta, los embaucadores fingieron cortar y coser. Hicieron como si vistieran al emperador y luego huyeron con el oro. Frente al espejo, nadie se atrevió a decir la verdad.
El emperador salió bajo un gran dosel. Los cortesanos fingían sostener una cola que no existía, y la gente aplaudía por miedo a parecer necia.
Entonces la niña de las trenzas miró con atención y dijo: —¡Pero si el emperador no lleva ningún traje nuevo! —Su voz fue clara y no quiso hacer daño: solo estaba diciendo lo que veía.
La verdad pasó de persona en persona hasta que toda la plaza la repitió. El emperador sintió calor en las mejillas: comprendió que había sido engañado y que su miedo había ayudado al engaño.
Mantuvo la cabeza en alto y terminó el corto trayecto, pero al volver al palacio reunió a sus ministros. —Desde hoy quiero consejos sinceros, aunque no me gusten —dijo. Y el reino aprendió que la verdad no necesita un traje elegante.