El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Un ratón de campo vivía en una madriguera bajo un viejo roble, a la orilla de un trigal. Juntaba trigo, nueces y moras, y cada noche dormía tranquilo.
Un día llegó de visita su primo, el ratón de ciudad. ¡Qué alegría! El ratón de campo abrió su despensa y sacó todo lo que había guardado para el invierno.
Le sirvió las moras más dulces y las nueces más grandes, y para él guardó solo unos granitos duros. Pero el ratón de ciudad apenas probó un bocado.
—¡Qué comida tan sencilla, primo! Vives como una hormiga, entre raíces y tierra —dijo—. Ven conmigo a la ciudad y verás lo que es un banquete de verdad.
El ratón de campo miró su roble y su trigal. Todo era tranquilo, pero él nunca había visto un banquete. —Está bien —dijo—. Iré a ver si la ciudad es mejor.
Caminaron todo el día por los campos. —A la ciudad se entra de noche —dijo el primo—, cuando todos duermen. Y al salir la luna, vieron a lo lejos las luces de las casas.
A medianoche cruzaron las calles de piedra, pegaditos a los muros, y se colaron por una rendija bajo la puerta de una casa enorme.
Adentro había un comedor con una mesa larguísima. Sobre ella quedaban los quesos, pasteles y frutas de una gran cena. El ratón de campo nunca había visto tanta comida.
El ratón de ciudad hizo de anfitrión: le traía un plato tras otro y probaba cada uno primero. —¡Primo, tenías razón! —dijo el ratón de campo, con la boca llena de pastel.
Apenas mordió el queso, se oyó un maullido. Al otro lado de la mesa, entre las velas, brillaron dos ojos verdes. ¡Era el gato!
Los dos ratones corrieron a esconderse detrás de un jarrón. El gato metió la pata, pero no los alcanzó, y al fin se fue a dormir junto al fuego.
—¡Bah! Eso pasa todas las noches —dijo el ratón de ciudad, y volvió a comer. Pero el ratón de campo temblaba tanto que casi no podía tragar.
De pronto, la puerta se abrió de golpe. Entró una luz, se oyeron voces, y un perro grande corrió hacia la mesa, ladrando.
Los ratones saltaron al suelo y se metieron en un agujero de la pared. El perro olfateó y ladró en la entrada, hasta que alguien lo llamó y la casa quedó en silencio.
En la oscuridad, el ratón de campo tomó su atadito. —Primo, gracias por tu banquete —dijo—, pero prefiero comer poco y vivir tranquilo.
Al amanecer se despidieron en la puerta con un abrazo. El ratón de ciudad se quedó con sus banquetes, y el ratón de campo emprendió el camino a casa.
Cruzó las calles y luego los campos, y caminó y caminó, hasta ver a lo lejos su viejo roble.
Su madriguera estaba tal como la había dejado. Cenó trigo y moras, y le supieron más ricos que todos los pasteles de la ciudad.
Esa noche no hubo maullidos ni ladridos. Solo se oían los grillos, y el ratón de campo durmió sin sobresaltos.
A la mañana siguiente volvió a juntar trigo bajo el sol. Miró hacia la ciudad, sonrió y pensó: «Para mí, no hay mejor banquete que la paz».
Un ratón de campo visita a su primo en la ciudad y descubre banquetes y sustos. Una fábula sobre el valor de la tranquilidad.