El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Un cuervo encontró un pedazo de queso y voló hasta un árbol para comer tranquilo. Se posó en una rama alta y sujetó bien el queso.
Por el camino pasó un zorro. Al oler el queso, levantó la nariz y vio al cuervo entre las hojas. Se quedó bajo el árbol, pensando cómo conseguir aquel bocado.
—Buenos días, señor Cuervo —saludó el zorro—. ¡Qué hermoso plumaje tiene! El cuervo lo miró desde la rama, pero se quedó callado: no quería soltar su queso.
El zorro dio una vuelta alrededor del tronco. —Sus plumas brillan como la noche —continuó—. Nunca había visto un ave tan elegante. El cuervo enderezó el cuello, muy satisfecho.
El cuervo todavía sujetaba el queso y el zorro aún tenía hambre. Entonces sonrió y añadió: —Seguro que su voz es tan bella como sus plumas. ¿Me regalaría una canción?
El cuervo se imaginó cantando para todo el bosque. Olvidó el queso por un instante, levantó la cabeza y cantó con todas sus fuerzas: —¡Craa, craa!
Al cantar, soltó el queso, que cayó de la rama. El zorro dio un salto y lo atrapó antes de que tocara el suelo. Todo ocurrió en un momento.
El cuervo vio que se había quedado sin queso. El zorro se apartó del árbol con él. —Gracias por la canción —dijo—. Aunque, en realidad, lo que quería era tu comida.
El cuervo comprendió el engaño. Había creído todos aquellos halagos porque le gustaba sentirse admirado. Bajó la cabeza y pensó que la próxima vez sería más cuidadoso.
Desde aquel día, el cuervo escuchó los cumplidos con calma. Antes de creerlos, se preguntaba qué buscaba quien los decía. Y, cuando llevaba comida, cantaba solo después de comer.