El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Hace mucho tiempo, una abuela lavaba ropa junto al río mientras el abuelo recogía leña. Un melocotón enorme apareció entre las ondas. Ella lo llevó a casa para compartirlo.
En casa, el melocotón se abrió por sí solo. Dentro había un bebé sonriente. Los abuelos lo llamaron Momotaro, el niño melocotón, y decidieron criarlo con todo su cariño.
Al crecer, Momotaro encontró al abuelo intentando levantar un gran haz de leña. Lo dividió en dos y cargaron uno cada uno. Juntos llegaron a casa antes de que oscureciera.
Un día, Momotaro supo que los oni de una isla habían tomado arroz, telas y herramientas de las aldeas. Decidió pedir que las devolvieran. Su abuela preparó kibidango y su abuelo le entregó una espada de madera.
En el camino, un perro hambriento olió los kibidango. Momotaro partió uno y se lo ofreció. —Te acompañaré —dijo el perro. Momotaro aceptó: ya no caminaba solo.
Más adelante, un mono miraba un puente roto sobre un arroyo. Momotaro compartió otro kibidango. El mono les mostró un paso entre las rocas y se sumó al viaje.
Por último apareció un faisán verde. Momotaro compartió otro kibidango y el ave se unió al perro y al mono. Desde una rama señaló el camino hacia el mar. Ahora eran cuatro viajeros.
Al llegar al mar, subieron a una pequeña barca rumbo a Onigashima. Acordaron un plan: el faisán miraría desde el aire, el mono treparía, el perro cuidaría la entrada y Momotaro hablaría con el jefe.
El viento cambió de golpe y la barca se ladeó. El perro se agachó para equilibrarla, el mono aseguró una cuerda y el faisán vio aguas tranquilas detrás de unas rocas. Momotaro siguió la ruta que le señaló.
Desde el aire, el faisán vio una pequeña abertura en el costado del muro, oculta tras un pino. Volvió para avisar. Momotaro dejó de mirar la gran puerta: por aquella entrada lateral podían acercarse sin llamar la atención.
El mono trepó hasta la abertura y levantó el pestillo de la puerta lateral. El perro sostuvo la hoja abierta. Momotaro entró detrás de ellos. Cada amigo abrió el camino al siguiente.
En el patio los esperaban tres oni. —Venimos por las cosas que se llevaron —dijo Momotaro, con la espada de madera baja—. Devuélvanlas, por favor. El jefe azul apretó su garrote y cerró el paso al almacén.
El jefe cerró de golpe la puerta del almacén. Los otros oni avanzaron con sus garrotes. Momotaro retrocedió sin golpear a nadie y llamó a sus amigos: necesitaba abrir el almacén sin herir a nadie.
El faisán agitó las alas y los oni miraron arriba. El mono tiró de una cuerda; el perro apartó un garrote caído. Momotaro abrió el almacén. Allí estaban los cofres y paquetes marcados con los nombres de las aldeas.
Ya no podían esconder lo que habían tomado. El jefe oni bajó su garrote y los otros dos dejaron los suyos en el suelo. —Nos rendimos. Devolveremos todo —prometió. Momotaro aceptó y compartió el último kibidango.
El jefe reunió los cofres y pidió a los otros oni que buscaran los paquetes de cada aldea. Momotaro leyó las marcas y separó arroz, telas y herramientas. La promesa empezaba a cumplirse.
Cargaron la barca con cuidado. El agua quedó cerca del borde. El mono acomodó los bultos, el perro se quedó quieto a proa y el faisán guio a Momotaro hacia la costa.
En la aldea, los abuelos ayudaron a devolver cada paquete. Momotaro abrazó a su familia y dijo: —Llegamos juntos. Cada amigo hizo su parte.
Al caer la tarde, la abuela preparó más kibidango. Momotaro apartó uno para el perro, otro para el mono y migas para el faisán. Compartieron la mesa mientras, afuera, el camino quedaba en calma.