El mismo cuento del libro ilustrado, para leer en voz alta, seleccionar texto o usar un lector de pantalla.
Simbad había gastado casi toda su herencia. Quedaban alfombras, telas y pocas monedas. No quería esperar a que otro resolviera sus problemas. «Venderé una parte y aprenderé a comerciar», decidió, mientras revisaba sus cuentas.
Escogió telas resistentes, ató los fardos y anotó lo que le había costado cada uno. Después viajó de Bagdad a Basora. Ya no llevaba dinero para gastar sin cuidado: llevaba mercancías que debían pagar el viaje y ayudarlo a empezar de nuevo.
En el barco conoció al capitán Qasim. «¿Has navegado antes?». «Nunca», admitió Simbad. «Entonces escucha a la tripulación y asegura tus fardos». Al dejar atrás el puerto, Simbad comprendió que comprar mercancías había sido solo el primer paso.
Aprendió a observar el viento y a preguntar antes de cerrar un trato. En cada puerto anotaba gastos y ventas. «No todo lo que recibes es ganancia», recordó Qasim. Simbad restó el costo de las telas, la comida y el pasaje.
Una mañana divisaron una pequeña isla. Simbad bajó con los marineros, agradecido de pisar algo que no se balanceara. Mientras los demás preparaban un fuego para cocinar, se alejó unos pasos. Había plantas entre las rocas, pero no vio ni un solo árbol.
Los marineros apilaron la leña que habían traído del barco y encendieron una fogata sobre la piedra oscura. Mientras unos preparaban la olla, otros llamaron a Simbad para que regresara. El calor se extendió bajo sus pies como si el suelo respirara. Entonces una taza rodó sola y el agua empezó a temblar.
Se agachó para mirar el suelo. Una vibración le recorrió las plantas de los pies. Al principio creyó que era una ola; después, las rocas parecieron levantarse. Desde el barco llegó un grito: «¡Volved! ¡Eso no es una isla!». Simbad echó a correr.
El fuego había despertado a una criatura marina gigantesca. Lo que parecía tierra era su lomo. Al hundirse, levantó una pared de agua. Los marineros alcanzaron el barco, pero una ola apartó a Simbad de la borda. «¡Qasim!», gritó, antes de caer al mar.
Intentó nadar hacia la vela blanca. Cada vez que levantaba la cabeza, el barco estaba más lejos. Entonces vio un madero entre la espuma. Cambió de rumbo, lo alcanzó y lo sujetó con los dos brazos. Por el momento, solo tenía que mantenerse a flote.
La corriente lo acercó a la playa. Soltó el madero únicamente cuando pudo tocar el fondo. Más tarde encontró agua dulce y descansó a la sombra. Un relincho lo hizo incorporarse: donde había un caballo, quizá habría alguien capaz de ayudarlo.
Junto a un caballo blanco encontró a su cuidador. «He perdido mi barco», explicó Simbad. El hombre le ofreció agua y escuchó su relato sin interrumpirlo. «Estos caballos pertenecen al rey Mihrage. Ven conmigo; primero necesitas comer y descansar». Simbad aceptó la mano que le tendía.
De camino al palacio, Simbad preguntó cómo podría volver a Basora. «Llegan barcos de muchos lugares», respondió el cuidador. No era una promesa de regreso, pero sí una posibilidad. Simbad empezó a pensar en lo que podía hacer mientras esperaba, además de mirar el mar.
El rey Mihrage escuchó su aventura. «¿Qué sabes hacer?». «Llevar cuentas y reconocer telas. Todavía estoy aprendiendo». El rey le ofreció trabajo en los registros del puerto. Simbad tendría una cama y un lugar desde donde buscar noticias.
Pasaron unos meses. Simbad anotaba cargamentos y preguntaba a los recién llegados por la nave de Qasim. Algunos conocían Basora; ninguno sabía de su capitán. Una mañana vio entrar una vela que reconocía. Corrió al muelle y, entre los bultos descargados, encontró sus propias marcas.
«¡Esos fardos son míos!», dijo Simbad. El encargado del puerto negó con la cabeza. «Pertenecían a un mercader perdido en el mar. No puedo entregártelos sin pruebas». Simbad describió las telas y sus cantidades, pero el hombre respondió: «Esperaremos al capitán».
En ese momento llegó Qasim. Al ver a Simbad, abrió los ojos con asombro. «¡Simbad! ¡Creíamos que no habías sobrevivido!». El capitán confirmó su identidad ante el encargado y le devolvió sus bienes; los había cuidado para entregarlos a su familia.
Antes de partir, vendió parte de las telas en aquel puerto. Esta vez revisó cada cuenta con paciencia. Separó el costo del regreso y guardó una reserva. Con lo restante preparó regalos de agradecimiento: no quería marcharse sin reconocer la ayuda que había recibido.
«He encontrado mi barco», anunció Simbad al despedirse del rey. «Entonces vuelve con bien», respondió Mihrage. También buscó al cuidador para darle las gracias. Había llegado sin nada; partía con sus bienes y con personas a las que esperaba volver a ver.
Desde la cubierta levantó la mano hasta que el muelle se volvió pequeño. Qasim puso rumbo a Basora. Simbad llevaba ganancias, pero ya no pensaba gastarlas de golpe. Quería volver a Bagdad, pagar lo que debía y conservar suficiente para el siguiente día difícil.
Así terminó su primer viaje. De vuelta en casa, separó sus ahorros, ayudó a quienes lo necesitaban y contó la historia de la falsa isla. Cuando le preguntaban cómo había regresado, hablaba del madero, de su paciencia y de las manos que le habían abierto un camino.